Voy a compartir hoy una fábula a la que se hace referencia en uno de mis libros favoritos. No estoy muy segura de cual es su origen, lo que dejo aquí está tal y como lo relata José Saramago.
"Érase una vez, en el antiguo país de las fábulas, una familia integrada por un padre, una madre, un abuelo que era el padre del padre y un niño de ocho años, un muchachito.
Sucedía que el abuelo ya tenía mucha edad, por eso le temblaban las manos y se le caía la comida de la boca cuando estaban en la mesa, lo que causaba gran irritación al hijo y a la nuera, siempre diciéndole que tuviera cuidado con lo que hacía, pero el pobre viejo, por más que quisiera, no conseguía contener los temblores, peor aún si le regañaban, el resultado era que siempre manchaba el mantel o el suelo al dejar caer la comida, por no hablar de la servilleta que le ataban al cuello y que era necesario cambiarla tres veces al día, en el desayuno, al almuerzo y a la cena.
Estaban las cosas así y sin ninguna expectativa de mejoría cuando el hijo decidió acabar con la desagradable situación. Apareció en casa con un cuenco de madera y le dijo al padre:
"A partir de ahora comerá aquí, sentado en el patio que es más fácil de limpiar para que su nuera no tenga que estarse preocupando con tantos manteles y tantas servilletas sucias".
Y así fue.
Desayuno, almuerzo y cena, el viejo sentado solo en el patio, llevándose la comida a la boca conforme era posible, la mitad se perdía en el camino, una parte de la otra mitad se le caía por la boca abajo, no era mucho lo que se le deslizaba por lo que el vulgo llama canal de la sopa.
Al nieto no parecía importarle el feo tratamiento que le estaban dando al abuelo, lo miraba, luego miraba al padre y a la madre, y seguía comiendo como si nada tuviera que ver con el asunto.
Hasta que una una tarde, al regresar del trabajo, el padre vio al hijo trabajando con una navaja un trozo de madera y creyó que, como era normal y corriente en esas épocas remotas, estaría construyendo un juguete con sus propias manos. Al día siguiente, sin embargo, se dio cuenta de que no se trataba de un carro, por lo menos no se veía el sitio donde se le pudieran encajar unas ruedas, y entonces preguntó,
"Qué estás haciendo?. " El niño fingió que no había oído y siguió excavando en la madera con la punta de la navaja.
"No me has oído, qué estás haciendo con ese palo", volvió a preguntar el padre, y el hijo, sin levantar la vista de la operación, respondió, "Estoy haciendo un cuenco para cuando seas viejo y te tiemblen las manos, para cuando tengas que comer en el patio, como el abuelo".
Fueron palabras santas. Se cayeron las escamas de los ojos del padre, vio la verdad y la luz, y en el mismo instante fue a pedirle perdón al progenitor y cuando llegó la hora de la cena con sus propias manos le ayudó a sentarse en la silla, con sus propias manos le acercó la cuchara a la boca, con sus propias manos le limpió suavemente la barbilla, porque todavía podía hacerlo y su querido padre ya no.
De lo que pasara después no hay señal en la historia, pero de ciencia muy cierta sabemos que si es verdad que el trabajo del muchachito se quedó a la mitad, también es verdad que el trozo de madera sigue por ahí. Nadie lo quiso quemar o tirar, para que la lección del ejemplo no cayera en el olvido."
- José Saramago. Las intermitencias de la muerte. -
Cada vez que pienso en esta fábula no puedo evitar preguntarme qué lección debo aprender de ella: ¿Le hizo ver el niño de 8 años a su padre que estaba tratando mal al abuelo y el padre cambió su actitud por arrepentimiento? ¿O de lo que realmente se dio cuenta el padre es de que debía educar a su hijo para cuando él fuera viejo?
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Para mí es la segunda, aunque románticamente preferiría que fuera la primera. Lo he vivido en primera persona con mi padre, cuando su padre vivía con nosotros (y no era un pobrecito viejo, era un hijo de la gran puta, porque los que lo fueron de jóvenes no dejan de serlo con la edad, ni mucho menos). Desde hace unos ocho años, mi padre ha pegado un cambio radical, temeroso de que sus hijos sintiéramos por él lo mismo que él por su padre. Nunca se le ocurrió pensar que él actuaba igual que su padre hasta que nos tuvo a padre e hijos bajo un mismo techo y le vio las orejas al lobo.
ResponderEliminarCoincido con Morti, los niños aprenden lo que ven y el padre se asustó al ver que le podía pasar a él. Hasta que no se puso en el lugar del otro su egoísmo no le dejó ver lo que estaba haciendo.
ResponderEliminaryo he leido esta fábula pero contada de otra manera. Al final el abuelo vuelve a la mesa de la familia a comer.
ResponderEliminarComo es una fábula, creo que está escrita pensando en este final y no en ese en el que el padre reeduca a su hijo. Pero también es verdad que cada uno puede sacar lo que quiera de ella.
De acuerdo con Helena, hay que ponerse en el lugar del otro. Tal vez deberíamos aprender a ver las cosas de una manera más sencilla y limpia, como el niño, para que la comprensión venga de uno mismo.